Mi vieja.

Alguna vez le dijeron que yo estaba en una etapa rebelde, que con el tiempo se me pasaría. No recuerdo bien si fue el párroco de nuestro barrio o uno de los psicólogos del colegio. De eso creo que ya pasaron más de 10 años, lo recuerdo muy bien. Así también recuerdo como con el paso del tiempo gradualmente fue incrementándose su preocupación de que yo estuviera metido en algo “raro”. Sin embargo, después de once años y un sinnúmero de plagueos y puteadas, la relación sigue siendo la misma que cuando llegué a casa con el primer cassette de metal que me habían prestado.

Siempre fue y sigue siendo comprensiva, tolerante a pesar de nuestras diferencias en materia de credo. No se compara con el viejo, que todavía piensa que soy una especie de vampiro que un día va terminar por matar a toda su familia.

Recuerdo muy bien el primer CD trucho que me compró de la terminal, el “…And justice for all” de Metallica; todavía lo tengo entre mis reliquias, o cachivaches como dice ella, y sé muy bien que todavía suena.

Fue gracias a su comprensión y apoyo que no terminé siendo algo peor, gracias a su paciencia y complicidad que pude ponerme el primer par de piercings en las orejas, aquel par que me había traído una calurosa tarde de enero diciendo -Mirá lo que te traje, si querés usar aros no tengo problema. Claro está que después quiso ponerme un límite cuando le dije que me perforaría el labio inferior, y eso que nunca le dije lo de mis pezones y la argolla con cabeza de macho cabrío que había conseguido en un puesto de la Expo.

Conozco muy bien su cara de indignación cuando contempla mis remeras y también su cara de alivio cuando le digo que nada en realidad es serio. Me encanta como ríe cuando le digo que los católicos son todos idólatras antes que cristianos y también su cara de enojo cuando me recrimina que ya no me arrodillo a orar como cuando niño.

Recuerdo cuando yo estaba en casa un sábado, limpiando y con el equipo de sonido a todo volumen cuando ella entró a la sala y me encontró bangueando con la escoba haciendo el papel de guitarra; la expresión de sorpresa, burla y enojo que tenía es algo que no tiene precio. Así también recuerdo cuando llegaba a casa y me pedía que bajara el volumen, pues el “ruido” no le permitía descansar.

Ella está enterada de mi constante reticencia hacia la religión, y por ello le estoy agradecido, le agradezco que aunque en eso sea un caso perdido ella no se dé por vencida. Le agradezco que constantemente me pregunte si sigo orando aunque sepa que ya no lo hago. Le agradezco que por más que las odie, nunca haya quemado o tirado ninguna de mis remeras, le agradezco el primer par de botas y por haber convencido al viejo de que comprara una radio con compactera, allá por finales de los 90’s, cuando el escuchar música en CD’s era estar a la vanguardia.

Mi vieja, la mejor madre que podría tener un metalero. Gracias por todo mamá, y si vos decís que existe un cielo, entonces debe ser así porque se muy bien que vos nunca mentiste.

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